Este texto se propone ser tanto una
invitación a la lectura del libro Melancolía de izquierda de Enzo
Traverso, como el relato de la relación problemática entre la historia y la
izquierda en la cabeza de un estudiante. Pero, antes que nada, me gustaría
aclarar que el concepto de izquierda que voy a usar acá excede
completamente los estrechos límites impuestos por las elaboraciones dogmáticas
y las estructuras partidarias. Más bien, se trata de la expresión de un
sentimiento, nebulosamente definido, que no solamente se dirige en contra de la
opresión y la injusticia, sino que también plantea una opción superadora en un
horizonte de acción colectiva. Por otro lado, el lector tendrá que disculparme
por cierto dejo de autorreferencialidad, pero mi doble condición de zurdo
empedernido y estudiante de historia me permite introducir la propuesta de
Traverso a través de anécdotas que hacen un poco más amable la lectura.
En mi caso, la historia y la
izquierda estuvieron irremediablemente ligadas desde un principio. Guiado por
el tono de mis lecturas, de chico entendía que el curso de la humanidad estaba
marcado por la superación continua de las dificultades materiales y que el
futuro no podía tener otra forma más que la de la opulencia generalizada. Pero en
mi adolescencia, cuando empecé a conocer el mundo en sociedad, me di cuenta de
que ese “progreso” era terriblemente mezquino. El contraste entre mi cómodo
lugar en la clase media y la imagen de mis amigos yendo prácticamente descalzos
a la escuela me generó una profunda vergüenza primero y bronca después. Eso me
llevó a una muy temprana y temeraria afiliación al Partido Comunista en lo que
sería el comienzo de una búsqueda de compañeros que compartieran tanto la
indignación como la propuesta de un mundo mejor.
Sin embargo, el ambiente con el que
me encontré en el mundo de las izquierdas distaba mucho de la urgencia que
presupone ese tipo de militancia. Por el contrario, lo que abundaba era el
orgullo por ser los guardianes, muchas veces a modo de celador de museos, de
una identidad que había sido gloriosa en el pasado, pero que estaba derrotada
en el presente y que sólo podía ser salvada del olvido en una petrificada evocación
de sus victorias. De esta manera comenzó mi descubrimiento del pasado
socialista, cuyo contraste con el presente no me ofrecía otra cosa más allá de
un profundo desasosiego. A diferencia de mis camaradas, las imágenes de los
ejércitos soviéticos marchando sobre Berlín o de la efervescente actividad
revolucionaria de nuestros años 70 me imprimían la conciencia de un reino
perdido de utopías y esperanzas. Siguiendo las palabras de Traverso, mi
búsqueda militante me había llevado a descubrir el “valor de antigüedad” de la
experiencia histórica socialista. Retomando a Alois Riegl, el autor explica
que, a diferencia del “valor histórico” que captura un momento del pasado y nos
lo ofrece como perteneciente a nuestro presente, el “valor de antigüedad” nos
advierte del paso del tiempo y le confiere al monumento el aura de un objeto
muerto[1].
Fue con esta sensación de estar
“espiritualmente a la intemperie”, como diría Traverso, que emprendí la marcha
por las sendas académicas. Trataba de buscar en la historia aquello que la
militancia me había negado, es decir, algún camino, ejemplo o esperanza para
redimir este presente colmado de miserias. Nada más lejos de eso fueron los
resultados que obtuve. A medida que avanzaba en la carrera, la historia parecía
revelarse como un eterno carrusel de las más bajas aspiraciones humanas. En
este sentido, mientras cursaba la muy disfrutable materia de Historiografía, me
topé con un texto de Kant que describía el triste destino de mi búsqueda. Reflexionando
sobre el curso histórico de la humanidad, el filósofo alemán expuso que “No
puede uno librarse de cierta indignación al observar su actuación en la escena
del gran teatro del mundo, pues, aun cuando aparezcan destellos de prudencia en
algún que otro caso aislado, haciendo balance del conjunto se diría que todo ha
sido urdido por una locura y una vanidad infantiles e incluso, con frecuencia,
por una maldad y un afán destructivo asimismo pueriles […]. En este orden de
cosas, al filósofo no le queda otro recurso […] que intentar descubrir en este
absurdo decurso de las cosas humanas una intención de la Naturaleza […]”[2].
Kant podía sostener que existía una “intención de la Naturaleza” porque creía
que, de forma subterránea pero imparable, la humanidad era guiada por un
progreso histórico que la llevaría al pleno disfrute de sus capacidades. Sin
embargo, después de Auschwitz, Hiroshima, Nagasaki y el derrumbe de 1989 no hay
subsuelo o sótano que se salve. A partir de entonces, cualquier intento de
descifrar algún plan de la Naturaleza a partir del desarrollo de los
acontecimientos históricos sólo puede tener resultados, cuanto menos,
aterradores.
En este sentido, podemos decir que la
teoría socialista predominante durante el siglo XX compartía ese optimismo
kantiano. Los revolucionarios del siglo pasado se sentían acompañados por el
curso de la historia y entendían que la consagración de su proyecto político
era prácticamente inevitable. Por eso, Traverso explica que para ellos las
derrotas nunca ponían en duda ni la meta socialista ni la capacidad de las
fuerzas revolucionarias para alcanzarla. En todo caso, había que extraer
lecciones estratégicas de esos contratiempos históricos. No había derrotas
definitivas, solo batallas perdidas[3].
Sin embargo, después de la implosión soviética en 1989 esto ya no fue posible.
La caída del comunismo no ofreció ni victimarios a los que achacarles la
derrota ni vencidos para redimir en el presente. De ahí que la sensación de una
derrota histórica de la izquierda fuera tan profunda y abrumadora. Con la caída
de la Unión Soviética no solamente se derrumbaba un régimen autoritario, sino
también naufragaba todo un siglo de luchas por la emancipación[4].
Como nacido un año antes del cambio
de milenio, este era el panorama político que se me presentaba como dado, como
natural. El neoliberalismo se manifestaba como la expresión más leal a la condición
humana y, siguiendo la metáfora que Traverso rescata de Walter Benjamin, el
pasado asumía la forma de un campo de ruinas que crece de forma incesante hacia
el cielo[5].
Así, en el transcurso de mi formación universitaria, mi crisis para con la
historia se hacía cada vez más fuerte ¿Cómo podía aceptar una disciplina que se
obstinaba en arrebatarme hasta la más mínima esperanza para transformar el
presente? Fue entonces cuando, de manera completamente fortuita (esas cosas que
pasan en la Unsam) el libro de Traverso llegó a mis manos y me ofreció las
herramientas para una posible reconciliación.
Frente a la relación entre historia e
izquierda, donde el pasado se presenta bajo la forma de un fracaso íntimo y
profundo, Traverso propone el paradigma epistemológico de la melancolía. El
autor expone, citando a Freud, que la melancolía implica un duelo no consumado
e imposible donde el doliente sigue identificado con su objeto amado y perdido,
transformando así su sufrimiento en un aislamiento introspectivo del mundo
exterior. De esta manera, continúa, es la falta de un nuevo espíritu y una
nueva visión lo que inutiliza cualquier intento para superar la pérdida. El
autor justifica esa “solución conservadora” como una resistencia espiritual a
la traición y la resignación que implica la identificación con el enemigo a
través de un duelo logrado. Es decir, si no existe una alternativa socialista,
la condena del socialismo real se torna inevitablemente en una aceptación
desencantada del neoliberalismo y del cinismo capitalista, situación
trágicamente común entre tantos excomunistas. Así, el autor sostiene que no
podemos rehuir a nuestra derrota ni describirla o analizarla desde afuera y, de
esta manera, “despatologiza” la melancolía y la propone como un rechazo
acérrimo a cualquier compromiso con la dominación[6].
Pero, además, este paradigma melancólico implica una herramienta concreta en la
construcción del conocimiento. Traverso retoma a Koselleck cuando explica que,
en el largo plazo, las ganancias históricas de conocimiento provienen de los
vencidos. Es decir, mientras los vencedores depositan la responsabilidad de su
triunfo en el avance providencial de la historia para eternizarse, los vencidos
escriben con el lápiz afilado por la conciencia de la derrota[7].
Por otro lado, Traverso retoma a
Daniel Bensaïd para reivindicar un tiempo histórico que habilite la acción
revolucionaria. El autor explica que Bensaïd se aleja de teleologismo marxista para sostener una noción de temporalidad
kairótica, es decir, discordante y permanentemente abierta a la irrupción[8].
Así, el intelectual francés pensaba la historia como un campo de fuerzas hecho
de incertidumbres y posibilidades, donde la historia es un desafío forjado por
las elecciones de sus actores. Traverso dice que, de esta manera, Bensaïd
propone pensar la emancipación y la revolución como una apuesta, un acto
de fe, que no esté atado a la ilusión del progreso y que, en cambio, se
inspirara en la voluntad de redimir a los vencidos de la historia. Por último,
Traverso rescata de Benjamin una concepción de la práctica histórica que es
coherente con el proyecto revolucionario. El autor explica que el filósofo
judeoalemán entendía que la historia, en tanto reactivación del pasado, tenía
como condición la elaboración de las contradicciones del presente. De esta
forma, Benjamin le daba a este resurgir del pasado el nombre de “rememoración”
o “recordación” (Eingedenken) donde recordar implica rescatar, no como
una repetición de lo que ocurrió, sino más bien, como una forma de cambiar
el presente. Es decir, para rescatar el pasado tenemos que resucitar las
esperanzas de los vencidos y darles nueva vida a esas promesas incumplidas de
la generación que nos precedió[9].
Por ello, para reactivar el potencial histórico del pasado tenemos que
transformar el presente, y eso es una tarea política. Así, Benjamin sostiene
que la escritura de la historia, lejos de ser una tarea de reconstrucción
abstracta, es la dimensión intelectual de la transformación revolucionaria del
presente.
Esta concepción de la revolución como una apuesta responde a una dimensión melancólica de la historia donde nada está ganado de antemano y donde el enemigo, que nunca dejó de ser vencedor, no tiene menos posibilidades de triunfar que la aventura socialista[10]. De esto podemos concluir que, si bien ya nos hemos librado del peso de la historia universal, al mismo tiempo hemos ganado una fatal soberanía sobre nuestro destino. De ahora en más, solamente de nosotros depende generar la irrupción, el acontecimiento que frene la vertiginosa marcha de la humanidad hacia la catástrofe. Por otro lado, aquellos que nacimos después del derrumbe de las utopías asumimos la responsabilidad histórica de no cargar con el peso de una derrota que todavía no hemos sufrido. Aunque no sean nuestros ojos los que vean el amanecer una humanidad emancipada, tenemos la obligación ineludible de sostener las banderas para que las próximas generaciones puedan redimir una historia que, hasta ahora, se presenta como una concatenación de miserias y tristezas.
[1]
Traverso, Enzo. Melancolía de izquierda: marxismo,
historia y memoria. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Fondo de Cultura
Económica, 2016 [2018], p. 92
[2] Kant, Immanuel. «Ideas
para una historia universal en clave cosmopolita y otros escritos sobre
Filosofía.» En Ideas para una historia universal en clave cosmopolita.
Madrid: Tecnos, 2006, p. 3
[3] Traverso,
Enzo. Melancolía de izquierda: marxismo, historia y memoria. Ciudad Autónoma de
Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2016 [2018], p. 81
[4] Ibid, p. 375
[5] Ibid, p 38
[6] Ibid, pp. 61, 96
[7] Ibid, pp. 62, 69
[8] Ibid, p. 370
[9] Ibid, pp. 379, 380
[10]
Ibid, p. 399