El que nació dos veces
Mojse Mendel Najdorf nació en
Polonia en 1910. Naturalmente, su vida allí se vio atravesada por el desarrollo
del conflicto bélico de la Primera Guerra Mundial iniciado en 1914. A los nueve
años el padre de su amigo Rubén le enseñó a jugar al ajedrez y nunca más
abandonó ese hábito que marcaría por completo su destino. Fue en el concierto
de piano del Palacio de Invierno, inspirado en los estudios de Chopin -emblema
de orgullo nacional polaco-, donde conoció a quien sería su esposa Genia con
quien además tendría a su hija Lusha. La carrera ajedrecística profesional de
Najdorf fue en constante ascenso y para finales de la década del 30 ya
participaba de torneos alrededor de toda Europa. Para 1939 las tensiones
políticas europeas se volvían inminentes. La preponderancia del fascismo con su
impronta de superioridad racial y su política nacionalista se perfilaba ya como
una amenaza concreta. En ese contexto, fue convocado junto a todo el equipo de
ajedrez nacional polaco al Torneo de las
Naciones que
se llevaría adelante aquí en Argentina en agosto de 1939. El plan era viajar
con su esposa e hija a bordo del barco belga Piriápolis junto al
resto de las divisiones ajedrecísticas europeas convocadas. Empero, su esposa
enfermó y decidió quedarse en Polonia con su hija. Esa fue la última vez que Najdorf
las vio: Genia, Lusha y el resto de los integrantes de su familia morirían en
los campos de exterminio nazi.
Mendel llegaría a Buenos Aires para
participar del Torneo de las Naciones en el Teatro Politeama un 24 de agosto de
1939.[1] Los
primeros días del mes de septiembre los nazis invadieron Polonia y al finalizar
el torneo este quedaría varado en Argentina. Encontrándose aquí y teniendo que
lidiar con diversos sentimientos, pensó en cómo sobrevivir. Sabía que no podía
volver: su condición de judío se le presentaba como una evidente imposibilidad
de retorno. Comenzó a trabajar como vendedor ambulante para “ganarse el pan”
-como se decía en Polonia- vendiendo perfumes y corbatas. Dadas sus inminentes
condiciones ajedrecísticas fue contratado en 1940 por la firma Molinos
Harineros del Río de la Plata S.A. para desarrollar diversas exhibiciones de
ajedrez simultáneas[2]
alrededor del país. Esa actividad marcó el precedente de lo que sería una de
sus más famosas y reconocidas hazañas ajedrecísticas, enmarcada además en la
imperiosa necesidad de hacerse famoso para intentar estrechar algún tipo de
comunicación con su familia en Polonia. Se trató así de uno de los eventos más
espectaculares de la historia del ajedrez: ¡las
45 partidas simultáneas a ciegas de Najdorf! El evento se llevó a cabo en
Brasil -ciudad de San Pablo- en enero de 1947. Al margen de la genialidad del
hecho, no tuvo éxito en la comunicación con su familia, aunque sí en labrarse
su fama. Otro acontecimiento de imposible omisión es la creación de una
variante ajedrecística[3] que
llevaría su nombre: la Defensa Siciliana
Najdorf. Para el año 1947 recibiría su carta de ciudadanía y pasaría a
llamarse “Miguel”. Este ajedrecista contribuyó notablemente en el ascenso
internacional del ajedrez argentino destacándose olímpicamente en 3
oportunidades entre 1950 y 1954 y obteniendo para la Argentina tres subcampeonatos
olímpicos. [4]
En su estadía Najdorf supo
vislumbrar que este país sería su nuevo hogar y cultivó así sentimientos de
amor a la Argentina. ¿Qué tipo de factores confluyeron para abonar su nueva
identidad nacional? ¿Cómo es que un ciudadano polaco -con abismales “distancias
culturales y lingüísticas”- pueda decir que a pesar de volver a Varsovia después de la guerra, él había
cambiado y ahora “siente y piensa como
argentino”?[5]
¿Emociones, desapegos forzosos, nostalgias vedadas por la imposibilidad de un
retorno a su lugar de origen y sus afectos?[6].
Najdorf ha dejado registradas en múltiples entrevistas, libros y notas de
diarios expresiones y acciones que reflejan ese profundo arraigo y afecto por
la Argentina. Es muy conocida en el ambiente ajedrecístico aquella anécdota en
la que luego de cruzar por Av. de Mayo, un sujeto lo reconoció y le preguntó si
jugaba al ajedrez. Najdorf luego de contestar afirmativamente le preguntó qué
hacía él: “Yo… ganándome el puchero”.
En ese momento se anotició de que el puchero era una comida que contenía carnes
y verduras y pensó: “En Polonia decimos
ganarse el Pan, aquí se dice ganarse el puchero, entonces aquí se vive bien”.[7]
Luego de esta epifanía más bien terrenal, Miguel rechazó la invitación de Raúl
Capablanca -otra leyenda del ajedrez- para irse a vivir a Cuba con él y decidió
quedarse aquí. En otra oportunidad en el año 1965 dijo:
“… ¡Cómo no quieren que sea argentino! Tengo una mujer argentina, de la que estoy profundamente enamorado, Tengo dos hijas argentinas a las que quiero con locura. Mis mejores amigos los he hecho en Argentina. Este país generoso me ha brindado condiciones excepcionales para labrarme una posición económica. Todo lo que tenía y quería en mi país natal ha sido arrasado. ¿Cuál otra podría ser mi patria?” “Nací dos veces sin haber pasado por el requisito de la muerte, una a los cero años, la segunda a los 29”. [8]
Miguel falleció en Málaga en 1997 a
los 87 años.
Nacionalismos y Nación: algunas
consideraciones
En la presente nota se ha hecho
evidente y repetitivo el uso de los conceptos tanto de nación como de nacionalismo;
probablemente no se haya reparado en ello detectando un indicio de sorpresa.
Ambos parecen más bien “naturales” ante nuestra percepción. No obstante,
diversos estudios históricos han problematizado estos conceptos. ¿Qué
entendemos por “Nación”? La perspectiva modernista
de la que participan autores como Eric Hobsbawm o Ernest Gellner, considera a
la nación como un agente moderno
surgido recién luego de la creación de la Asamblea Nacional Constituyente
francesa de 1789 -en el marco de la Revolución-. No se trata en su defecto de una
entidad política atemporal y universal. Si bien puede tender a asociarse a la
nación con una unidad política territorial delimitada y regida por criterios
étnico-lingüísticos supuestamente homogéneos, esto más bien forma parte de una
ficción construida. Es una ficción en tanto y en cuanto estos criterios son
demasiado estrictos e insuficientes para encasillar a diversas poblaciones
indudablemente heterogéneas. Para esta perspectiva fue el nacionalismo lo que dio resultado a las naciones y no al revés.
Ahora bien: ¿Es posible interpretar la historia de Najdorf desde este esquema?
En el
periodo de entreguerras el “principio
Wilsoniano” intentó trazar estrictas fronteras entre estados nacionales,
tomando como criterio la existencia de una única lengua o determinadas raíces
étnicas supuestamente homogéneas. Sin embargo, esta homogeneidad no era tal:
existían múltiples identidades étnicas, culturales y lenguas. Dicha rigidez
mostraba lo insólito de los criterios bajo los cuales se buscó “delimitar” a
las naciones. Hecho que finalmente propició intensos conflictos raciales que
acabaría con las expulsiones masivas de las llamadas “minorías”; fenómeno mejor
evidenciado al final de la Segunda Guerra Mundial mediante el despliegue
hitleriano[9]. La paradoja radica en que, si bien a simple
vista puede parecer obvio que los nacionalismos de los sujetos emergen de su
apego o voluntad hacia su patria o cultura nacional, en la política wilsoniana
estos criterios buscaron cumplir la función de encasillar a la fuerza a las
personas. Este nacionalismo fue parte de un programa
político impulsado por el Estado con el fin de moldear ciudadanos patrióticos
capaces de contribuir a una idea de nación, para cumplir con determinados
fines: económicos, políticos y sociales. Estos criterios fueron difusos,
ambivalentes e imprecisos. No obstante, ya sugeridas las contradicciones que se
manifiestan en la idea de una nación impuesta “desde arriba”, el vínculo entre Najdorf
y la Argentina también indica que la nación puede ser aquel conjunto de
personas que se consideren parte de la misma. Sentimiento de pertenencia que va
más allá del proyecto de segmentación racial o étnica de las naciones.[10]
Entonces, pese a que cierta
interpretación del problema del nacionalismo y la nación ha destacado
exclusivamente su ficción programática: ¿Qué ocurre con la receptividad de los
sujetos al respecto? Probablemente por fuera de sus fines programáticos
encontremos ciertas “nociones” de pertenencia a una determinada región o a una
determinada cultura, como así también sentimientos que abonen en esa dirección.
¿Qué ocurre cuando los actores internalizan estas nociones y las modelan con
sus propios entendimientos? ¿Son así además capaces de violar los fines
estrictamente programáticos y transmutar los sentidos de nacionalismo y patria?
El caso de Miguel Najdorf demuestra en parte la capacidad y el protagonismo que
tiene el propio entendimiento subjetivo de modelar estos sentimientos
patrióticos, e incluso desplazarlos en tiempo y espacio hacia otras regiones.
Por
Daniela Martínez, estudiante de la Lic. en Historia
[1] Siegel, G. (2016). La primera vida de Miguel Najdorf, Buenos Aires: Editorial Maipue.
[2] Las “exhibiciones simultáneas” son eventos en
los que un jugador fuerte juega múltiples partidas de ajedrez al mismo
tiempo contra varios jugadores.
[3] Una “Variante Ajedrecística” es aquella
que plantea una disposición de las piezas sobre el tablero en una ubicación
exacta y que a raíz de su implementación en el juego conduce a resultados
favorables en su desarrollo.
[4] Copié, J. (2016). Historia del Ajedrez argentino, Buenos Aires: Gárgola Ediciones,
pp. 354-359
[5] Najdorf, M. Recopilación de entrevistas del diario “El
Gráfico”, Buenos Aires, 10 de mayo de 2019, disponible en: https://www.elgrafico.com.ar/articulo/1089/33790/miguel-najdorf-una-hermosa-historia-de-amor
[6] Bjerg, M. (2020). “La inmigración como un
viaje emocional”, Anuario del Instituto
de Historia Argentina; vol. 20, no. 1 pp. 5-6
[7] Ídem, 1.
[8] Ídem 3.
[9] Hobsbawm, Eric, “Capítulo 5: El apogeo del Nacionalismo 1918-1950”, Naciones y nacionalismo desde
1780, Barcelona, Crítica, 1998, pp 137-139.
[10] Hobsbawm, Eric, “Introducción”, Naciones
y nacionalismo desde 1780, Barcelona, Crítica, 1998, pp. 12-21
