Septiembre 5, 1968 - Laos
Querido Steve:
Perdón
por mi ausencia todos estos meses. La verdad no puedo encontrar mucho tiempo
para escribir, quizás recuerdes que estoy en medio de una guerra, ja, ja.
Más allá de la tristeza, encontré en
este escenario sangriento y violento, varios momentos para pensar algo bueno en
lo que aferrarme. ¿Recuerdas las tardes de verano de nuestra infancia? Los
cientos de helados que me invitaste. Para invitarte uno, tuve que revolver
cestos, abrigos, calles, para juntar los centavos que costaban. Recuerdo
siempre las burlas cuando nos adentrábamos al suburbio lujoso, no quiero
ofenderte, pero ahí vivías. El pobre de Dorchester con su amigo rico,
disculpame pero es evidente el motivo de la burla. Yo vivía avergonzado, por
todas las cosas que soportabas por mi culpa. Pero ahí estabas, guardándote las
críticas allí donde no te daba el sol, defendiendome capa y espada.
Nuestra amistad es algo que no puedo
explicar. Pero agradezco una y mil veces, aunque te parezca raro, ese bendito
día en que tu padre y su Chrysler me chocaron. Ahí comenzó todo, y te juro por
Dios, y por el futuro del país, que no cambio esta coincidencia por nada en el
mundo.
Siendo honesto, tampoco escribí
antes porque me sentí un poco mal todo este tiempo. Mis compañeros aquí dicen
muchas cosas, todo el tiempo. No los juzgo. Estamos cansados, atemorizados,
hartos, indignados. Sinceramente, no vemos ningún “hijo de” en los frentes,
muriendo en brazos de otro soldado, matando a un vietnamita, muriendo de
tristeza. Casualmente, me fui dando cuenta que varias de nuestras historias son
por demás parecidas. Ninguno tuvo una vida plenamente lujosa. Ninguno de
nosotros es un Steve.
No te confundas, desearía que NADIE
esté aquí, pero estamos. Los de abajo, los hijos de obreros, los que juntábamos
centavos para comer un simple helado. La clase baja, la escoria. Un requisito
para venir de “vacaciones” a Vietnam es haber tenido varios hermanos, la ropa
remendada y un padre cuyo sueldo da lástima.
Pero no, mi querido amigo. Por más
odio que me inyecten, nunca voy a dudar de nuestro lazo. No tenemos la culpa de
donde somos, de dónde venimos: somos responsables de lo que hacemos con ello, y
hacia dónde vamos.
Si vuelvo, mi amigo, te invito un
helado. No concibo una vida sin mí Steve y su humildad. Te agradezco por todo,
y pido una sincera disculpa por haber dudado siquiera un minuto en tu calidad
de persona.
Nos vemos pronto, tu amigo Andy.[1]
Escrito en el marco de la asignatura "Divulgación Histórica y Técnicas Narrativas".
[1] Inspirado en Appy, Christian,
“Vietnam: una guerra
de clase”, en
Pozzi, P., y F.
Nigra (comps.), Huellas Imperiales.
De la crisis
de 1929 al
presidente negro, Buenos
Aires, Imago Mundi, 2003.
