Almirante Emilio Eduardo Massera,
Me he propuesto abandonar antiguas
rivalidades para dirigirme a usted de hombre a hombre, como camarada de armas.
La agresión terrorista ha alcanzado un nivel sin precedentes. Los elementos
subversivos se esfuerzan a diario por atentar contra los valores morales de
nuestro país, violando los derechos humanos más fundamentales. Hoy la Nación está en guerra y es preciso
elaborar un plan de operaciones conjunto, con vistas a objetivos mayores de los
hasta aquí posibilitados por el gobierno de Isabel Perón. Las herramientas
constitucionales ya han demostrado ser ineficaces para derrotar al enemigo.
Tan solo dos días atrás he sido
nombrado comandante en jefe del Ejército Argentino. La tarea encomendada
expande su magnitud día a día frente a la amenaza de un enemigo cobarde que,
apelando a la estrategia de la “guerra revolucionaria”, escapa al combate
franco. Lo cierto es que con su insidioso accionar la guerra adquiere un
carácter asimétrico. El perfeccionamiento de su infraestructura y el accionar
celular urbano coloca a las instituciones armadas en un rango de
imprevisibilidad intolerable. El futuro que estas condiciones depara es
inaceptable.
Como bien sabe, el 23 de agosto del
corriente, el cuerpo sin vida del Mayor Argentino del Valle Larrabure apareció
en las afueras de Rosario. El ERP y sus mismos secuestradores han tenido la
osadía de alegar que se trató de un suicidio. La misma osadía que los condujo a
tomar por asalto la Fábrica Militar de pólvora y explosivos de Villa María y,
posteriormente, pretender un canje de prisioneros de guerra como si se tratase
de un enemigo merecedor de algún tipo de respeto.
Mi desempeño en esta nueva tarea
pretende, desde la profundidad de mi espíritu cristiano, honrar el nombre de
las Fuerzas Armadas y salvaguardar los destinos de la Nación. Este no puede ser
manchado por un grupúsculo de cobardes y delincuentes. Solo Dios sabe que verán
arder en el infierno su fanatismo ideológico que tanto atenta contra la Patria.
Pretenden atemorizarnos con asesinatos cobardes de oficiales de nuestro heroico
ejército, como el ejecutado contra el capitán Viola en 1974, que le costó la
vida a él y su hija de tan solo tres años de edad. Pues bien, así como hemos
reprimido el intento de asalto al Regimiento 17 de Infantería Aerotransportada
de Catamarca aquel 11 de agosto de 1974, dejando al enemigo con un saldo de 14
subversivos muertos, esta nueva instancia de guerra lo enfrentará a un
adversario aún más firme y determinado en sus acciones: se aproxima el cierre
de un ciclo histórico que implicará la puesta en práctica de metodologías
extraordinarias.
El decreto 261/1975, que nos impone
claramente la noble misión de “aniquilar los elementos subversivos”, se nos
presenta como una oportunidad única para el restablecimiento de la paz y el
orden. El adversario establece una lucha en condiciones desiguales. Con métodos
subrepticios se mueve entre las sombras pretendiendo una astucia que es solo el
disfraz de una penosa cobardía. El enemigo implanta las reglas de una guerra no
convencional y las Fuerzas Armadas patrióticas deben presentar batalla
utilizando los métodos que sean necesarios. Por ello, creo que las futuras
acciones de nuestras instituciones deben ser planificadas y abordadas desde un
nuevo plano de estricto secreto.
A usted convoco, en los mismos
términos de extrema discrecionalidad, a los fines de discutir una estrategia
conveniente para la erradicación absoluta del componente subversivo: la salida
es una sola.
Bibliografía
primaria
●
Poder
Ejecutivo Nacional, Documento Final de la
Junta Militar sobre la Guerra contra la Subversión y el terrorismo, buenos
Aires, abril de 1983
●
Videla,
J. (1976) Cadena Nacional, Buenos Aires, 24 de mayo de 1976, disponible en: https://www.archivorta.com.ar/asset/discurso-del-presidente-de-facto-jorge-rafael-videla-25-05-1976/
Bibliografía secundaria
●
Carnovale, V. “La violencia revolucionaria ante la Justicia:
nuevos problemas desafíos historiográficos” en PolHis, año 13, nº 25, enero-junio 2020, pp. 331-358.